Te amo The Good Wife.
Amo que seas de abogados, que tengas personajes femeninos fuertes, que tu protagonista haya evolucionado tanto; amo tus momentos graciosísimos, los de tensión y esos en los que no me quedó más opción que llorar.
Amo tus diálogos brillantes y tus guiños a esa realidad que sigue siendo actual.
Amo tus personajes secundarios y tus invitados especiales con sus particularidades que suman tanto.
Amo (mucho) a Will y, cuando no tengo ganas de sacudirlo, amo (un poco) a JAson.
Acepto el giro de la quinta temporada: la serie se llama “The Good Wife”, no “Gardner & asoc.” y, si bien no amo tanto el final, lo comprendo. No voy a spoilear, pero si no hubiera tenido esos “momentos imaginarios” no sé si me hubiera quedado igual de conforme.
Sí, soy así de fácil.
Ahora, a lo que iba: recorriendo el catálogo de Netflix me reencontré con The Good Wife.
En su momento me había encantado, así que volví a verla temiendo que no hubiera “envejecido” bien.
Nosotros cambiamos, nuestras circunstancias y percepciones del entorno también y fue una (buena) sorpresa cómo resistió el paso de los años.
La historia en un principio es ¿simple?: una ama de casa que tiene que volver al mundo laboral en medio de un escándalo mediático (con todo y prostitutas) que lleva a su esposo a la carcel.
Ella es abogada y comienza a trabajar en el estudio de un ex compañero de la universidad (que pudo haber sido mucho más).
Confieso que tengo debilidad por las series de abogados en general, pero esta en particular va más allá: no solo “muestra” los casos en los que forma parte, sino el entramado de grises que conforman una estrategia judicial... y la vida misma.
Siete temporadas dan para mucho y lo dieron: de esa Alicia del principio poco quedó al final.
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